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Este año, sí.



Lillí no tenía suerte.

Pasaban los años y, a pesar de sus intentos, nadie la prefería a ella.

No era fea, -todo lo contrario-, pero era muy callada. Tenía una mirada angelical, un semblante dulce y siempre vestía y se comportaba de forma elegante.

Su dorado cabello estaba siempre perfectamente peinado; su ropa era un ejemplo de recato y pulcritud.
Gustaba más a las madres, que a sus retoños.

Sin embargo, sus amigas, más parlanchinas unas, más altas y delgadas otras y más modernas todas, acaparaban toda la atención y cosechaban los éxitos.

"Este año, sí", se decía Lillí, sin perder la esperanza.

Al final, Lillí quedaba, como siempre, arrinconada sobre una estantería, cubriéndose de polvo.







Imagen: Aquí

Feliz Navidad. Que se cumplan todos vuestros sueños.


Vuelta al cole




Fue muy duro, para Don Sebastián, recoger sus cosas el último dia de trabajo, pero ya era Septiembre y había que dejar sitio a su sustituto.

Una carpeta, bolígrafos, lapiceros, sacapuntas metálico,  rotuladores fluorescentes, una fotografía familiar enmarcada, una regla de madera, una grapadora, unas tijeras, un viejo diccionario, un gastado libro de poemas, un silbato y pocas cosas más.
Cuarenta años de oficio, que cabían en una pequeña caja de cartón.
Un momento antes de cruzar el umbral de la puerta, Don Sebastián se giró para echar el último vistazo al aula.
Observó los pupitres, las sillas vacías, las perchas, en las que quedaba  un abrigo colgado, por olvido de algún despistado alumno ; las paredes adornadas con mapas y carteles de anatomía y la pizarra. Su vieja pizarra.
Pudo recordar decenas de caras y nombres; revivir momentos que llenaron de vida aquel espacio, como el bullicio que se formaba cada día, cuando los niños entraban, hasta que ocupaban sus asientos, o el tenso silencio de los exámenes.
Con el corazón encogido, y la caja de cartón bajo un brazo, cerró la puerta del aula. Tardó unos segundos en soltar el pomo, como si una extraña fuerza tirase de él, para que no se fuera.

Salió del colegio despacio, midiendo cada paso que daba, saboreando cada momento, pues eran los últimos que iba a pasar en aquel lugar, en el que había dejado gran parte de su vida.

Una vez en la calle, llegó hasta su viejo coche y abrió el maletero, para guardar la caja.
Vio pasar un autobús, adornado con un cartel publicitario de un centro comercial, en el que se podía leer: "Vuelta al cole".
Don Sebastián entró en su coche, para que nadie le viese llorar.

Amigos, me voy de vacaciones. Un poco tarde, pero mas vale tarde, que nunca. Durante el mes de Septiembre, no publicaré nada en el blog. He desactivado la moderación de comentarios, aunque aún me quedan un par de días por aquí, durante lo cuales os podré contestar. Volveré en Octubre. Un fuerte abrazo a todos. Nos leemos.




El reto.




 

Cuando sonó la estridente sirena, todos corrieron a ocupar sus puestos.

Felipe se sentó a los mandos del rojo camión de bomberos, algo que nunca había podido hacer, hasta aquel caluroso verano de 2009.

Era su momento. Un escalofrío le recorría la espalda. Apretó fuertemente el volante y el vehículo echó a andar.

Durante el camino, a Felipe le rondaban mil ideas en la cabeza. Pensaba en la cantidad de veces que había imaginado ese momento; en la magnitud del incendio con el que se iba a enfrentar; en la gratitud de las personas a las que iba a salvar; en qué pensaría Clara, si pudiera verlo.

Entre luces nocturnas, bullicio y sonido de sirenas, el camión se detuvo. Había llegado a su destino.

Cuando Felipe bajó del vehículo, era consciente de que todo lo vivido hasta ese instante, había sido un simple aperitivo.

Había llegado la hora de enfrentarse a su mayor reto.

Estaba decidido a montar en la noria.
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