Más difícil todavía.



Ricky y Clara se habían convertido en la principal atracción del Circo Stromboli.
Criados bajo las carpas, él era la tercera generación de profesionales circenses de su familia; ella, hija de una famosa trapecista, ya retirada. Llevaban tres años casados y también eran pareja artística.
Aquel día, Ricky se mostraba serio y distante con Clara. Un rato antes de la función, se había reunido con el detective, que le había mostrado unas fotografías en las que Clara retozaba desnuda con el domador de leones.
Ya presentados, y cuando el público cesó de aplaudir, Clara y Ricky se colocaron en su posición habitual.
Ricky se acordó de su abuelo, el gran Hilarini. Un gran payaso que sabía separar el trabajo de su vida personal, pues al día siguiente de enterrar a su esposa, tuvo la entereza de salir a la pista central, para hacer reír a los espectadores que abarrotaban las gradas del circo.

El público estaba espectante. Mientras sonaba el redoble del tambor, Ricky, atormentado por las dudas, miraba fijamente los ojos de Clara, al tiempo que se preparaba para lanzar el primer cuchillo.


Amigos: Poco a poco, me voy reincorporando a la blogosfera. Me iré reencontrando con vuestros blogs, para seguir aprendiendo y disfrutando con vosotros. Os echaba de menos.
Por cierto, Barataria tiene página en Facebook. Podéis acceder pinchando aquí. Si hacéis click en "Me gusta", no me darán dinero, ni nada, pero me llevaré una enorme satisfacción. ;)



Volveré pronto.

Muchos amigos me estáis enviando mensajes, pues llevo ausente más días de los que acostumbro.
Disculpad mi tardanza en publicar y, sobre todo, en visitar vuestros blogs. En estos días ando ocupadísimo y, aunque creía que iba a disponer de tiempo suficiente, no está siendo así.
Entre el trabajo, los niños y las obras, -que también estoy de obra-, tendré que ausentarme de la blogosfera unos cuantos días más.

Os echo de menos. Volveré pronto.


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La cena.

Extracto del cuadro "Las hijas de Edward Darley Boit"
John Singer Sargent 



     La cena en aquel refinado restaurante, estaba siendo deliciosa.
El servicio ofrecía un trato exquisito.
Un cuarteto de cuerda liberaba suaves notas musicales, que flotaban en el ambiente. Su sonido solo era distorsionado por el ligero tintineo de las copas y el leve murmullo de los comensales.
Todo era perfecto, hasta que un breve fogonazo me cegó durante un par de segundos.

Fue entonces cuando pude ver a una  preciosa niña, sentada en el suelo, abrazando a una muñeca.
No pude evitar levantarme para ir a su encuentro.
Cuando llegué hasta ella, sin dejar de mirarme fijamente, la niña se levantó y me cogió de la mano.
 
     –Ven.–me dijo, sonriendo.

Entonces me di la vuelta. Pude ver el revuelo que se había formado alrededor de mi mesa. Un señor que decía ser médico, estaba arrodillado delante de mi cuerpo, masajeándome el pecho. En ese momento lo comprendí todo.

     –¿Pero tú no eras un esqueleto que usaba guadaña?– le pregunté a la niña.

Ella me miró y, luciendo una dulce sonrisa, se encogió de hombros.


Pájaros en la cabeza.



Pájaros metálicos volaban, esta vez, abandonando la ciudad.
En la plaza del Ayuntamiento, la actividad era frenética.
La multitud, agolpada, contemplaba un dantesco espectáculo.
Cabeza abajo, colgando del brazo de su propia estatua, se exhibía el cadáver del dictador, anunciando que la guerra había terminado.

En el foro de Nuncamajás, se propuso un reto consistente en escribir un microrrelato, que contuviera cuatro frases consecutivas, que comenzasen, respectivamente, por las palabras "Pájaros-en-la-cabeza". Ésta ha sido mi propuesta.

La noche.



El momento favorito de Ernesto, era el final de la jornada.

Se recostaba en su cama, con los ojos cerrados, recapitulando las actividades diarias.

El desayuno, las clases, el patio,  el gimnasio, alguna  esporádica salida en grupo para visitar un museo, o una visita al despacho del director, por discutir con un compañero sobre qué programa ver en la televisión de la cantina.

La noche.

Se sentía tan acompañado durante todo el día, que necesitaba ese ratito diario de soledad, para entablar una silenciosa conversación consigo mismo y evadirse un poco de la rutina diaria.Luego se dormía y soñaba con la visita de sus padres, que le entregaban un bocadillo, con una hoja de sierra en el interior.

Es que él, a eso de esconder una lima, nunca le había visto utilidad.

Este año, sí.



Lillí no tenía suerte.

Pasaban los años y, a pesar de sus intentos, nadie la prefería a ella.

No era fea, -todo lo contrario-, pero era muy callada. Tenía una mirada angelical, un semblante dulce y siempre vestía y se comportaba de forma elegante.

Su dorado cabello estaba siempre perfectamente peinado; su ropa era un ejemplo de recato y pulcritud.
Gustaba más a las madres, que a sus retoños.

Sin embargo, sus amigas, más parlanchinas unas, más altas y delgadas otras y más modernas todas, acaparaban toda la atención y cosechaban los éxitos.

"Este año, sí", se decía Lillí, sin perder la esperanza.

Al final, Lillí quedaba, como siempre, arrinconada sobre una estantería, cubriéndose de polvo.







Imagen: Aquí

Feliz Navidad. Que se cumplan todos vuestros sueños.


Psicoanálisis.





El paciente atravesó la puerta de la consulta con paso lento, colgó su sombrero y su abrigo en el perchero y se tumbó en el diván.
Me temblaban las manos y sudaba sin parar. Nunca había tratado a alguien así.
Tragué saliva, respiré hondo y traté de actuar con la mayor naturalidad posible.
     Y bien, comencé a hablar, casi sin voz ¿en qué puedo ayudarle?
     Ya no soy el que era, doctor. Su voz sonó rotunda, pero inofensiva, como un trueno lejano.Durante mucho tiempo, tuve mucho poder. Tenía comprados a muchos policías, políticos, jueces, militares, hombres de negocios... gente importante. Todos me temían. Tenía el mundo en mis manos. Hasta los niños tenían pesadillas, si les hablaban de mí. Mi maldad me hizo temido y respetado al mismo tiempo.
     ¿Eso ya no es así? pregunté, tras un silencio prudencial.
     No, doctor,se lamentó, las cosas no son como antes. Si sale usted a la calle, podrá encontrar, en cada esquina, más maldad de la que yo pueda administrar.  Nómbreme en cualquier sitio y verá cómo se ríen de usted. Muy pocos me temen ya. Para alguien como yo, no ser temido es, casi, como no existir. ¿De qué me sirve llevar la vida que llevo, si nadie me tiene miedo?. En fin, doctor. No le quiero aburrir. Sé que no puede solucionar mi problema y creo que no ha sido una buena idea venir, pero me ha venido bien desahogarme un poco. Además, seguro que me recupero. Esto es sólo un bache.
Se levantó, caminó lentamente hacia el perchero y volvió a ponerse el abrigo y el sombrero.
     Gracias por escucharme, doctor. Me dio la espalda y siguió hablando,  mientras caminaba hacia la puerta Aún me queda algo de lo que fui, de modo que, si alguna vez necesita un favor, no dude en avisarme.

Cuando abandonó la consulta, cogí mi pañuelo y, con las manos aún temblorosas, me sequé el sudor de la cara.
A pesar del frío, mantuve las ventanas abiertas durante todo el día. No podía soportar el fuerte olor a azufre.



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