Juan no era un chico corriente. Poseía una gran inteligencia. Era un chico listo, despierto, avispado y resuelto. Cuando quería algo, lo buscaba, sin más. No se andaba con remilgos, ni rodeos, ni excusas. No hacía caso de las miradas ajenas, ni del "qué dirán". Siempre desoía los consejos que le daban.
Tenía muchos defectos, pero los compensaba con una gran virtud: era un líder. Dentro de un reducidísimo grupo de gente -los amigos del barrio- pero líder, al fin y al cabo.
Sus amigos le admiraban. No conocían a nadie con tanta determinación como Juan, ni con una bicicleta tan bien preparada como la suya.
Juan no iba al colegio, no veía la televisión, ni sabía quién era el presidente de los Estados Unidos.
No había montado en avión, ni en barco, ni en tren. Nunca había visto el mar, ni oído hablar de la depreciación del dólar.
No conocía la tabla periódica de los elementos, ni a qué temperatura se congela el agua.
Pero tenía una cosa muy clara: si encontraba algún tesoro, siempre había alguien que pagaría por él.
Por eso, Juan salía cada mañana, decidido a encontrar nuevos tesoros que vender, buscando entre contenedor y contenedor.
Hice esta fotografía, un domingo cualquiera, en una ciudad cualquiera.
