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La muñeca.



Cuando cruzaron el pueblo, el soldado Carpenter iba asomado por la escotilla superior de su carro de combate.
Vio unos niños jugando a las canicas, para los que un convoy de guerra no suponía ya una novedad.
Tan solo una niña, que abrazaba cariñosamente a una desharrapada muñeca, levantó el brazo para saludar a Carpenter.
Pasados dos días, obligados a retroceder por un cambio de estrategia, volvieron a cruzar aquel pueblo, ya convertido en escombros.
Carpenter detuvo su vehículo unos instantes, se asomó por la escotilla superior y observó cómo un perro mordisqueaba una muñeca manchada de sangre.




El olor de la sangre.




Imagen: Blood Splatter. Autor: reznor70


Tenemos hambre. 
Nececesitamos comida, pero conseguirla se ha convertido en un juego mortal.
El enemigo acecha en cada sombra, en todos los rincones, detrás de cada esquina. 

Cada vez quedamos menos. No ganaremos esta guerra.

Anoche perdí a mi  compañero. Siempre salíamos juntos a buscar víveres, pero fue atrapado. 
Pude escapar por muy poco. 
Mientras huía escuché sus gritos, que quedaron ahogados en un último estertor. 

Por primera vez, percibí el sonido de la muerte y el olor de la sangre.

 Tengo que buscar la forma de huir de este infierno del que somos víctimas, sin haber hecho nada malo.

No hay forma de entender esta absurda y dantesca situación.

No hace mucho tiempo, nuestra vida era mejor.  Antes de la invasión, no existía el miedo. Nuestros hijos correteaban por todas partes, sin peligro.

Todos convivíamos en paz, hasta que vino el maldito gato.






 ©2007-2009 AKAcorn Fuente: Foto Bazar

Polvo eres...

 Foto: ADN.es

Durante las dos semanas que duró la excavación, el sol se empleó a fondo.
Cuando la excavadora ahondó hasta el punto indicado, el equipo de arqueólogos continuó la labor a mano. La máquina dio paso a la piqueta; la piqueta a la paleta y la paleta a la brocha.
Susana, la directora del equipo, no paraba de fumar, mitad por vicio, mitad por excitación. Entre calada y calada, fue apartando lo que sobraba, para ir dejando al descubierto, brochazo a brochazo, el cráneo, las clavículas, las costillas, las falanges, los fémures, las tibias y todo el esqueleto. Apenas quedaban restos de ropa. Tan sólo algunos jirones de tela y un trozo de zapato. También un viejo reloj oxidado.

Todo fue cuidadosamente inventariado y extraído, parte a parte, con el mimo de quien transporta una pieza de museo.

La emoción embargaba al grupo de personas que, cada día, se congregaba en aquel lugar, a las afueras del pueblo, para observar, atentamente, las labores de los arqueólogos.
Semanas después, las pruebas de ADN confirmaron que los restos que habían encontrado, pertenecían a la persona que buscaban. Los familiares, por fin, podrían darle sepultura y cerrar así una herida, que llevaba demasiado tiempo abierta.

Nadie invitó a Susana al entierro, pero ella asistió. Desde un rincón lejano del cementerio, para que nadie la viera, observó el fruto de su trabajo.

Cuando los operarios del cementerio sellaron el nicho, ella pisó la colilla de su cigarrillo, esbozando una leve sonrisa.
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Tras mi relato anterior, que era de una sola frase, -la que está en azul- varias personas me sugirieron que desarrollara una historia, vinculada a dicha frase. Pues bien, esta ha sido la historia. 
Ya que aquí no podía sorprender con el final, he intentado hacerlo con la historia en sí, escribiendo la que me ha parecido menos predecible. 
Espero haberlo conseguido.
Por cierto, ¡malditas sean las guerras!.

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